17 feb. 2010


UNA PIEDRA EN EL ESTANQUE

La naturaleza imponente y caprichosa para muchos, bella e inquebrantable para otros es la esencia viva de nuestro mundo, de nuestra existencia, de nuestro pasado, nuestro presente y sobre todo de nuestro futuro. El ser humano ha tratado desde los albores de su creación dominar los elementos que han forjado su camino tratando de amoldarlos a sus designios, a sus necesidades, primero como un miembro más del mundo animal, conviviendo en equilibrio formando parte del mundo en todos sus ciclos y después utilizándolos a su antojo para crear simples bienes de comodidad y disfrute. Los hombres y mujeres del pasado respetaban a la madre tierra no tanto por un temor ancestral y antiguo sino más bien por una conexión más allá de lo físico y lo lógico, un sentir espiritual, un latido poderoso que se escuchaba al unísono de una tierra que nos vio pasar de estar atados a ella a volar lejos del nido, como una cría egoísta y desagradecida. Y ahora, transcurrido el tiempo, esta madre cansada y triste ruega por que el destino ingrato no apague su fuego, pidiendo a sus hijos que tiendan su mano por pequeña que sea. Y muchos no nos damos cuenta o ignoramos su mensaje, su incesante mensaje: las lágrimas de su lluvia, los temblores de su carne, los fervores de su alma, y sobretodo el último aliento de sus vientos moribundos. Muchos se preguntan qué hacer en horas ya oscuras, pues es mucho el daño causado, nuestro paso ha sido como el de un niño torpe e inexperto, devastador en todos los sentidos y totalmente injustificado pues en nuestro intento de evolución hemos provocado una regresión absurda que nos lleva a ninguna parte y es tardío ya el tiempo de arreglar las cosas, ahora se imponen medidas más duras, se impone el tiempo de actuar, la palabra queda obsoleta frente a una acción imparable y aunque seamos solo una piedra en el estanque el eco de nuestros actos deberá resonar por siempre en las generaciones venideras como las ondulaciones que siguen su movimiento durante largo tiempo después de que la superficie haya sido quebrada. Un pequeño gesto tiene grandes consecuencias y nunca nada es poco por diminuto que parezca. No olvidemos que todo gran logro comienza con un primer paso: una piedra en un estanque.

Autor: Germán Moya.